Los Primeros Cuidados Caninos

Los Primeros Cuidados Caninos

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Primeros cuidados Caninos

Los antiguos árabes trataban y curaban a los perros enfermos o heridos y llegaron a practicar operaciones en ejemplares heridos o herniados. Sin embargo, en el Occidente cristiano se despreció a los perros hasta el siglo VIII, y los únicos que recibían grandes atenciones eran los perros de caza de los príncipes. De forma paulatina, el interés y el afecto hacia ellos creció y su bienestar y su salud empezaron a ser motivo de preocupación de sus amos.

Cuidados Ineficaces

La ausencia de conocimientos hacía que muchas “curas” fueran inútiles. El tratamiento de un perro rabioso en el siglo XI consistía en extraer el “gusano” que tenía bajo la lengua, trocearlo y enterrarlo bajo una higuera ( asombrosamente esta practica se hizo en ciertos lugares hasta el siglo XIX). El “gusano” era el tejido fibroso que recorre la lengua hasta el interior de la boca.

La Evolución De Los Cuidados Caninos

Primeros Cuidados CaninosEn el siglo XIV se elaboraron varios libros ilustrados, dirigidos principalmente a los cazadores, que tenian consejos sobre el modo de emplear a sus perros de la forma más adecuada y sobre como ofrecerles los cuidados en forma oportuna. Alguna de las recomendaciones que hacían en ellos era que las perreras debían estar en lugares soleados y limpiarse a diario renovando la cama. También recomendaban que después de una cacería los perros debían descansar en una habitación al calor del fuego. y que por las noches, un joven durmiera junto a la perrera para evitar las peleas entre los perros.

Como alimento se recomendaban la carne y el pan, y después de hacer ejercicio había que frotar a los perros con paja por todo el cuerpo. Algunos manuscritos aconsejaban bañar a los perros al final de cada jornada, tarea sin duda pesada para los mozos, que además debían desenredar las traíllas con las que se había atado a los perros de caza, en pareja o en grupo. En el siglo XVI había quien permitía a sus perros dormir en el dormitorio. Así el perro se abrió poco a poco un espacio en el corazón del hombre, incluso en el mundo cristiano.

El Chucho Mimado

Durante el reinado de Luis XIV (1638-1715) se mimaba mucho a los perros pequeños , peinando, acicalando y adornando sus pelajes al gusto de la época. Las sumas de dinero invertidas en las perreras de caza alcanzaban cifras astronómicas. El pequeño lebrel italiano fue objeto de especial mimo en el siglo XVIII, pues se consideraba demasiado delicado para Gran Bretaña y sólo adecuado “para las comodidades de la mesa de té, la alfombra junto a la chimenea y las lujosas complacencias del sofá y el tibio regazo de la dama” Los que salían a la intemperie en invierno no lo hacían sino arropados con cálidas mantas.

En las zonas rurales, el perro pastor, firme favorito como perro de trabajo y mascota, recibía muchos cuidados cuando enfermaba. Les lavaban las heridas con agua hervida y luego se las envolvían con vendas hechas con trapos viejos.

El Avance De Los Cuidados Veterinarios

Los métodos veterinarios, en un principio más arte que ciencia, progresaron con el paso del tiempo. El remedio para los perros exhaustos consistía en sangrías, aunque es probable que el perro se recuperara más por el descanso que seguía al sangrado que por el sangrado mismo. También se extendió la idea de la conveniencia de extraer los parásitos como las garrapatas, lo que se hacía frotando la piel de los perros con aceite para obstruir los conductos respiratorios de los ácaros.

Remedios Curativos

Con leche y agua se lavaban las heridas profundas, y luego se aplicaba una cataplasma de pan y leche. Lavada de nuevo, la herida se secaba con hilas antes de cubrirla con un poco de alumbre quemado y vendarla durante 10 días; las telas se cambiaban a diario. Las zonas doloridas podían fregarse con raíz de eléboro blanco y manteca de cerdo y, si no sanaban, durante la noche se aplicaba sobre la herida un ungüento de mantequilla hervida con pólvora, y al día siguiente se lavaba con vinagre; solían bastar tres aplicaciones.

Otra afección molesta, las llagas ulcerosas de las orejas, se paliaba en la medida de lo posible con tabaco en hebra hervido en agua. Las orejas del perro se sumergían en la tisana caliente hasta dos dedos por encima de la zona llagada, y el animal debía soportar el proceso durante tres días seguidos. Esta “cura” provocaba la caída del pelo, inconveniente que se solucionaba con una mezcla de “zapato viejo quemado” y manteca de cerdo. Este último ingrediente era un recurso útil y se empleaba asimismo para frotar los pies de los pointers y los setters al término de la jornada de caza después de un baño con agua salada. Una alternativa a este tratamiento era cerveza tibia y mantequilla. La grasa de pato fundida, colada y mezclada con alcohol y trementina podía servir como apósito para las heridas de perdigones.

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